Una confesión desde el corazón de Eslabón
Durante años, Eslabón fue más que una banda: fue una apuesta por el sueño. En lugar de cobrar por tocar, invertíamos. En lugar de vender, compartíamos. Cada videoclip, cada disco, cada gira fue financiado con amor, con ahorros personales, con el deseo profundo de que la música nos llevara más lejos.
¿Fue ingenuo? Tal vez. Pero también fue auténtico.
En nuestra búsqueda por un “éxito comercial” que nunca llegó como lo imaginábamos, dejamos de percibir dinero… y empezamos a percibir otra cosa:
- El aplauso sincero de un público pequeño pero fiel.
- El abrazo de una canción que nos salvaba en días oscuros.
- La complicidad de cuatro y a veces más almas que crearon algo único, sin pedir permiso.
Hoy, miramos atrás sin arrepentimientos. Porque aunque no hubo contratos millonarios ni giras internacionales, hubo algo más valioso: una historia que sigue viva, un legado que no se mide en cifras, y una comunidad que aún nos recuerda.
Eslabón no fue rentable. Fue real.
Al final, la cohesión de una banda se sostiene sobre tres pilares: la música que se crea, la amistad que la respalda y el dinero que la mantiene en movimiento. Eslabón tuvo los dos primeros en abundancia—canciones sinceras y una complicidad que sobrevivió a los años, los escenarios y los silencios. El tercero, el dinero, nunca llegó como lo esperábamos. Pero quizás por eso lo que hicimos fue más puro, más nuestro. Porque cuando el éxito comercial falla, lo que queda es lo que realmente importa.