Nunca supe si Eslabón era una banda o una conversación larga. A veces parecía un ensayo eterno, otras veces una amistad con acordes. Lo que sí sé es que fue mi forma de estar en el mundo sin tener que explicarme demasiado. Tocábamos, componíamos, discutíamos. Y en medio de todo eso, algo se afirmaba.
La música fue siempre el centro. No por romanticismo, sino porque sabíamos hacerla. Éramos músicos formados, y eso nos dio una ventaja silenciosa: sabíamos cuándo callar, cuándo resolver, cuándo dejar que el acorde se quedara colgado. Pero también sabíamos que la música no se sostiene sola. Hace falta afecto. Hace falta dinero. Y ahí es donde la mesa empezó a tambalear.
La amistad estuvo. Está. Es lo que nos permitió seguir tocando aunque no hubiera público, aunque el pago fuera una cerveza tibia y un “gracias”. El dinero… bueno, ese siempre fue el fantasma. Lo que no se afina, se sostiene. Y nosotros sosteníamos lo que podíamos.
Hoy veo nuestras fotos, nuestras grabaciones, nuestras discusiones sobre si tocar Si yo pudiera o un cover. Y pienso que Eslabón fue eso: una banda que eligió decir lo propio, aunque no fuera lo más conveniente. Porque al final, lo que queda no es el éxito. Es el sonido que hicimos juntos.
