Confesiones del bajista y cantante con pantalones de piel

Hay una etapa inevitable en la vida de todo músico. No aparece en los planes de estudio de ningún conservatorio, ni en los manuales de armonía, ni siquiera en los tutoriales de YouTube. Pero tarde o temprano llega: el momento en que uno se pone unos pantalones de piel.

No es una decisión que se tome a la ligera.

Primero viene el bajo. El bajo siempre llega antes. Ese instrumento que, a diferencia de la guitarra, no necesita demostrar nada. El bajista no presume: sostiene. Mientras los demás discuten acordes extendidos o se pelean por el solo, el bajo mantiene el pulso del mundo. Cuatro cuerdas y la obstinada idea de que la música, en el fondo, es ritmo y gravedad.

Luego viene el canto.

Y ahí ocurre algo curioso: cuando un bajista canta, la banda cambia de eje. No es el típico frontman que se pasea por el escenario como si la música fuera una excusa para verse bien. El bajista cantante está amarrado al groove. Su cuerpo no puede mentir porque sus manos están marcando el tiempo.

Y finalmente… los pantalones de cuero.

Los pantalones de piel son un acto filosófico.

No se usan por comodidad —cualquiera que haya tocado un concierto completo con ellos sabe que eso sería una mentira descarada—. Se usan porque representan algo: una mezcla extraña entre vulnerabilidad y descaro. Entre el músico serio que analiza progresiones armónicas y el animal escénico que entiende que el rock también es teatro. A la mente vienen Elvis, The Beatles, Morrison, The Ramones, Bon Jovi, Bono, you name it.

Cuando un bajista cantante se pone pantalones de piel está diciendo algo muy simple:

“Sí, sé que esto es poco común … y aun así lo voy a hacer.”

En el fondo, tocar música siempre ha tenido algo de eso. Un adulto dedicando horas a dominar un instrumento para luego subir a un escenario, amplificarlo a niveles absurdos y esperar que otras personas sientan algo.

Y a veces lo sienten.

A veces el bajo entra justo en el lugar correcto.

La voz se acomoda sobre el groove.

La batería respira con el tempo.

Y por unos minutos todo tiene sentido.

Es entonces cuando el bajista cantante —sudando un poco dentro de sus poco prácticos pantalones de piel— entiende algo importante:

La música no necesita ser perfecta.

Sólo necesita ser verdadera.

Después de todo, cada músico tiene sus propias confesiones.

Estas son algunas de las mías.

Publicado por Carlos Franco-Galván

Músico y Doctor en Ciencia e Ingeniería (Computación). Se desempeña como profesor-investigador en la BUAP, Ibero, Anáhuac Puebla y UDLAP y como bajista/cantante en sus proyectos musicales o acompañando músicos diversos.

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